Tomo 14: La crisis del dólar y la política norteamericana

Prólogo de Carlos Terzaghi. Enfrentado a un libro de Vivian Trías —el más vigente, el más envejecido— no puedo dejar de escuchar la voz —su voz— y ver el gesto firme y cordial. El formidable orador de actos masivos no perdía convicción en el mano a mano del café, del patio del liceo pedrense, del trayecto larguísimo hasta el quilómetro 20. En los pasillos y piezas de Casa del Pueblo, cuando Trías hablaba se acercaban todos los que andaban por allí: el volumen de su voz, su gesto de tribuno, su figura grande y, más que nada, la fuerza con la cual se hacía preguntas que los demás no habíamos imaginado.

   Por la calle, su caminar con estilo, facilitaba que lo ubicáramos al vuelo. Charlar con Trías en una esquina —en el segundo lustro de los setenta— era vivificante y riesgoso. Uno transaba. Aunque su diagnóstico fuera pesimista, resultaba alentador. Eso sí: cuando Trías era pesimista era porque la cosa marchaba mal, muy mal.
   Cuando el golpe del 73 me dijo: “Hay dictadura para diez años”. No le creí; diez años era demasiado tiempo.
   En su casa era más calmo. Y dificilísimo encontrarlo. La militancia, las miles de reuniones, y sus peculiares horarios para dormir y comer. Por cierto que la buena mesa era una de sus predilecciones. Una vez le dije que me hacía acordar al Galileo de Brecht cuando dice que las grandes ideas vienen mejor frente a un buen plato de comida.
   Lo recuerdo ahora en el Centro Pablo Iglesias. Fue hace treinta años y Trías defendía el “tercerismo”. Ni yanquis ni rusos. Me parece que las charlas de aquel tiempo tenían un solo título: “la realidad nacional”.
   Este libro que intento presentar (“La crisis del dólar y la política norteamericana”) fue escrito en parte —y en partes— por 1965. Ese año yo cursaba historia nacional en el I.P.A. con el profesor Juan Pivel Devoto. Me consta que Trías estimaba a Pivel. Trías me sugirió el tema para mi “monografía” y me llenó de libros a propósito: la vida del caudillo riojano Juan Facundo Quiroga. Facundo, el hijo de Trías, a quien está dedicado este libro, todavía no iba a la escuela primaria.
   Tiempo después, —pero hace veinte años— escribí un comentario en el semanario “El Oriental” sobre un ensayo de Neiva Moreira relativo a Nasser y la Revolución del Tercer Mundo. A Trías no le gustó lo que escribí. Y me refutó —secretamente— en la sección Cartas de los Lectores. Usó un seudónimo: “Soldado”. No pude replicar. Él tenía razón, como tantas veces.
   “La crisis del dólar y la política norteamericana” tiene tres partes. La primera (Kennedy, la Alianza para el Progreso, Johnson) es una crónica viva de la relación de EE.UU. y América Latina en los años sesenta.
   La segunda parte —totalmente autónoma— trata de “la brujería del oro”, de las bases de sustentación del Imperio Británico, de la bancarrota del Patrón Oro.
   Es comprensible pero curioso que Trías sugiera al lector la posibilidad de omitirla, si su interés se centra en lo coyuntural. Yo veo aquí, en esta segunda parte, una didáctica y brillante incursión en la historia económica contemporánea.
   En la parte tercera se diagnostica el desmoronamiento del sistema capitalista y el colapso de sus instrumentos financieros. El Imperio se brutaliza justificando la emergencia de la insurrección. Aquí, creo, se mezclan los hechos y los entusiasmos. Y las conjeturas sobre lo que iba a ocurrir, en general, no se cumplieron.
   Entendámonos: el mundo de mediados de los sesenta era muy distinto. La realidad y las expectativas eran otras. Pero si tanto ha envejecido la cosmovisión clásica de la izquierda ¿por qué no admitir que varios de los análisis y los augurios de Trías han caducado? Admisión que sus compañeros del socialismo uruguayo seguramente aceptarán de buen grado.
   Si fuera así, no es poco: la lucidez de uno de los mejores socialistas latinoamericanos confluye con la nueva lucidez de sus seguidores, capaces de aprender, rechazar, superarse.
   Por su lado, el lector común de este libro, aprenderá sobre los EE.UU., sobre el Imperio Británico, sobre cómo se interpretaba el mundo en la década del sesenta. Y asumirá que las auténticas fidelidades no tienen por qué ser incondicionales.