Tomo 13: La crisis del imperio

Prólogo de Eduardo Galeano. Yo no sirvo para prólogos. Este no es, aunque debiera ser, el prólogo a “La crisis del Imperio”. Yo podría decir que se trata de un libro árido y profético, confirmado por el tiempo; decir que los hechos han dado la razón a sus páginas y han sabido desmentir las disculpas de la introducción que Trías había escrito. Con quince años de anticipación, él anunció con precisión asombrosa la crisis del capitalismo en el mundo actual: el vértigo del dólar, que vuela en el vacío; el frenesí de la especulación financiera y la locura de la industria militar ampliando artificialmente el mercado de trabajo y un mercado de consumo que en los países ricos está gravemente enfermo de indigestión; la exportación de la inflación a los países pobres; el estallido de la deuda externa; la multiplicación de las contradicciones sociales en escala universal, que el sistema no puede resolver y ya ni siquiera puede enmascarar.

   Todo eso podría decir, y más, y podría decir también que éste es un libro poco pulido, de estilo apresurado y a veces reiterativo, porque en los últimos años Vivian escribía con apuro, mucho y desesperadamente, como sabiendo que la muerte se lo llevaría temprano.
   Pero no quiero. En lugar de un prólogo, prefiero dejar, aquí, el breve testimonio de mi gratitud.
   Yo fui alumno de Vivian: en el Partido Socialista y también en el café de la esquina, el café de Alfredo, y en su casa de Las Piedras, adonde el tren me llevaba a través de la noche y hasta el alba lo encontraba siempre despierto y trabajando, y en mi minúsculo apartamento del barrio Palermo, tan chico que uno tenía que salir cuando el sol entraba, y donde él gustaba de sentarse en el suelo y fumar y charlar.
   Él me enseñó a pensar el socialismo con cabeza propia y me enseñó que la historia no era un museo sino una tragedia y una fiesta. Escuchándolo, yo descubrí que el tiempo pasado estaba vivo y enterrado por error o infamia.
   Pocos creyeron tanto como él en esta tierra de libres. Pocos la conocieron tanto, y tanto la quisieron. Vivian Trías llegó al fondo de nuestras raíces, que tan breves son y sin embargo tan profundas, y por las raíces nos adivinó el destino.
   Escribiendo, hablando, peleando, Vivian nos contagió la fe en el fulgor de ese destino, nacido desde adentro y desde abajo, que es la contracara del jodido destino que nos han impuesto desde afuera y desde arriba.
   No tiene el hombre mejor manera de quedarse cuando se va.