Tomo 12: La Rebelión de las orillas

Prólogo de Carlos Machado. Costó mucho trabajo dejar por el camino algunos cuantos textos. Seleccionar, restando. Por un cuarto de siglo, mientras se proyectaba como protagonista en la vida política del Uruguay, se multiplicaron, en la prensa y el libro, incesantes aportes de Trías. Anudados en torno a un desvelo: la liberación nacional y social. Encuadrada, como lo comprendió muy temprano, en el marco del vasto proceso descolonizador: la extensa rebelión de las orillas. El signo distintivo de la nueva postguerra, pues si de la primera emergió, prepotente, la nueva hegemonía norteame­ricana, y a la vez se produjo, durante la primera de las dos grandes guerras, el parto socialista en el imperio ruso, la segunda, que acrecentó el dominio norteamericano pero consolidó el poder de un extendido campo socialista, vio incubar y nacer, por todo el tercer mundo, los nuevos movimientos de liberación.

En co­lonias y semi-colonias. Generando esa contradicción "principal" que caracterizó como aquélla en que el antagonismo se dirimiría sin conciliación. Por el que las colonias alcanzan estatura de patrias contra las ataduras del capitalismo o aprenden, tropezan­do, en la experiencia ("de nuevo nos vencerán pero a fuerza de perder aprenderemos a ganar", como intuyó, certero, Pedro el Grande).
   Elegimos, por fin, doce trabajos. Algunos, amputados.
   Tres definen el tema. El enfoque global (“La rebelión de las orillas”), es del 56. Anterior largamente a estudios posteriores sobre las sociedades pre-capitalistas (Melotti, por ejemplo, publica en el 65; Godelier en 1970), le llama "feudalismo", por eso, varias veces, al modelo social del precapitalismo de la peri­feria; corrigió ese concepto, después. Diagrama la dinámica de la confrontación. Pobreza y riqueza como contrapartes. O el desarro­llo del subdesarrollo. Afinará también más adelante la definición del cambio a proponer. “Revolución burguesa”, dice aquí. Como “una etapa previa”. Despegará después, con más auda­cia, de los moldes propuestos y mucho nos importa mostrar la evolución de un pensamiento independiente y rico pronto a re- formular y repensar, sin dogmas, los asertos.
   “La campanada de la hora cero” es otro estupendo anticipo, publicado en el 57. Traduce aquel enfoque de pocos meses antes a nuestro continente, la América Latina. Y asoma una obsesión que será recurrente en sus conversaciones: la “imprescindible capitalización” (“sin sacrificar la justicia social” ni el modelo político plural), necesaria para despegar con destino a un futuro mejor. El tema de la “acumulación primitiva”. En cambio corrigió la dureza de sus opiniones sobre la Unión Soviética y su rol. El deshielo incipiente que Jruschov alentaba quedaba malherido por lo de Budapest. Escribió con vergüenza. También, segura­mente, con dolor.
   En el 79, cuando se agotaba su vida, publicaba en Caracas (“Nueva Sociedad”, 41) un ensayo mayor. Con medular hondura distinguió dos variantes: “nacionalismo popular y nacionalismo oligárquico en Iberoamérica” (y así lo tituló). Definió la nación. Le recorrió la historia a ese concepto. Lo emparentó con el impe­rialismo. Advirtió el nacimiento de otro nacionalismo (éste libe­rador) por todo el tercer mundo. Retrató la nación inconclusa; la nuestra. Hilvanó las variantes populistas (“con indudable signo positivo”). Les puso el apellido (bolivarismo, artiguismo, yrigoyenismo, batllismo, herrerismo, peronismo, varguismo, zapatismo). Apostó a un socialismo que llamó “nacional”. Y con Mariátegui sintetizó: “no se puede ser nacionalista sin ser socia­lista ni ser socialista sin ser nacionalista”.
   Le siguen cinco textos que analizan, específicamente, dife­rentes modelos en la historia reciente de América Latina, a la búsqueda, siempre, de claves, para la comprensión del Uruguay.
   No vacilamos en abrir la serie con el breve trabajo sobre Paz Estenssoro y la revolución boliviana. Corre el 56 y se cierra la pri­mera gestión “movimientista”. Sintetiza su historia y sus logros mayores. Y no debe juzgarse a la luz de las contradicciones y los retrocesos siguientes o de la penosa capitulación posterior.
   Del 71 es su libro “Perú: Fuerzas Armadas y revolución”.
   Velasco Alvarado es el protagonista. Y el intento de “peruanizar” al Perú con una convicción: “la patria es una sola y es de todos”. Lo escribió, confesaba, atrapado por tres preocupaciones: enten­der el proceso, peculiar como todos, evitar la lectura alienada que ya formulaban algunas “iglesias marxistas” (las comillas, por cierto, para lo de marxistas) y atender a la repercusión del modelo, atípico y peruano, en las Fuerzas Armadas de todo el continente. Confesión estampada en el libro. A corazón abierto, como siempre. Cito a Pratolini y es literatura (de la “Crónica de los pobres aman­tes”): “el Partido te censurará por haber cometido un error al prestar oído a tu corazón; pero si no prestases oído a tu corazón, no estarías en el Partido”. No aludo a su Partido, que es el mío. Sí a los que reprocharon, muchas veces, su desbordada genero­sidad que alimentó y alentó, con frecuencia, su visión optimista, no ilusa.
   “Iberoamérica: balkanización; integración dependiente e integración liberadora” es del 78. La “Patria Grande”, su trágico desmembramiento y los nuevos afanes integracionistas a través de carriles diseñados en Washington y Wall Street. El revés de esos planes. Y la alternativa: insertar nuestras luchas por el desa­rrollo (nacional, de veras) en el levantamiento de todo el tercer mundo sin ceder las banderas de justicia social y participación popular.
   Del 78, también, “Getulio Vargas, Juan Domingo Perón y Batlle Berres-Herrera; tres rostros del populismo”. Abordó la noción, siempre menospreciada. Historió las raíces. Atendió a la llamada “colonización al revés”: explosión demográfica urbana con industrialización insuficiente. Caracterizó las “favelas”, las “villas miseria” y nuestros “cantegriles”. Se preguntó, afinando: ¿nuevo proletariado? Corrigió la pregunta: ¿cuasi-proletariado? Advirtió los efectos político-sociales. Y enfrentó los ejem­plos. El caudillo asumiendo la madurez de fuerzas potenciales que movilizadas impulsarán más cambios esenciales. En un pro­ceso accidentado y largo cuya contradicción principal es la lucha en torno al desarrollo, la democracia, la justicia social y la sobe­ranía. Convertido en memoria revolucionaria. Sirviendo de fer­mento, otra vez objetivo, de las expectativas revolucionarias.
   Vuelve por esos temas en “Brasil-Argentina; clave de la integración...” (año 79). El “milagro” brasileño y su colapso. El retorno peronista y su revés. En años de terror y de silencio, no pudo imaginar esta resurrección menemista que convoca a las fuerzas del frente necesario, revive la memoria, desnuda al enemigo y levanta, otra vez, las banderas del 45. Ni pudo ser tes­tigo de la transformación política en Brasil detrás del liderazgo disputado entre Brizola y Lula. Vio crecer el proyecto de integra­ción zonal en torno de Brasil y supo distinguir el liderazgo de la hegemonía (“el bloque argentino-brasileño, regido por regíme­nes populares y liberadores, es una doble garantía contra cual­quier tentación de predominio”, anticipó, confiado; “por algo los ojos del continente se vuelven ansiosos a la ausencia argentina” escribió, repetimos, en años de silencio y de terror).
   África y su drama prolongado no podía estar ausente de su preocupación. Patrice Lumumba la representaba en el 61 cuando el “asesinato firmado”, como lo llamó Trías, revelaba las trampas de la operación descolonizadora.
   Tres trabajos, por fin, sobre lo que llamaba “despertar del Islam”. El reto de mayor envergadura contra la dependencia, desde las orillas. El que tiene, detrás, tradición muy temprana (la revolución kemalista en Turquía). El que quebró en Egipto la tutela. El del sacrificio argelino. El que alumbró después trans­formaciones con signo socialista. El de la porfiada protesta pales­tina. El que encontró recursos para imponerle reglas económicas al mundo rico. El que invirtió, por eso, las reglas habituales.
   Lo de Suez (“...y 60 promesas”), es del 56. Excelente re­seña de los antecedentes del encontronazo y predicción fallida: hubo desesperado manotazo de los anglofranceses pero así les fue.
   Del trabajo sobre Nasser recogimos la tipificación del caudi­llo (“no puede concebirse sin la masa [...] la masa, a su vez, se expresa y dinamiza mediante el caudillo [...] surge en tiempos revueltos, tormentosos [...] nace con un finalismo determinado [...] el caudillo es tal porque expresa a las masas [...] concreta sus anhelos, sus aspiraciones, muchas veces amorfas; las masas se sienten interpretadas por su caudillo, se reconocen en él [...] el caudillo es guía y protector; clarifica el caos y encuentra el rumbo en la tempestad”).
   “La guerra del petróleo”, del 75, cierra la docena. “El hecho ha levantado protestas airadas”, recuerda. Ahora saben (los po­derosos, los dominantes), lo que significa padecer la historia, Los maestros del chantaje diplomático gritan contra el chantaje de los árabes. Protestan porque el precio petrolero “perjudica a las naciones rezagadas”. “Las clases oligárquicas, beneficia­rías del estatuto colonial y la miseria de sus trabajadores, aprecian con espanto que el alza de las cotizaciones del oro negro les impi­de mantener las viejas y esclerosadas estructuras; se horrorizan porque el embate árabe presiona en el sentido de los cambios pro­fundos”. Los textos elegidos historian la riqueza petrolera, apun­tan a la crisis de los años 70, indagan en la trama de las relaciones entre los Estados y las petroleras y esbozan conclusiones: los árabes han debilitado al común enemigo imperialista y ayudan, con ello, a la liberación de los pueblos.
   Ya demasiado larga es esta introducción pero no la queremos cerrar sin dejarle cabida a estas dos reflexiones. René Dumont ha dicho “el hecho de que cierta forma de capitalismo haya tenido éxito en los países desarrollados no permite recomendarla a los países atrasados”. Y lo argumentaba, citando a Paul Bairoch: “El régimen liberal, la economía de mercado... es incapaz de desempeñar el mismo papel en los países subdesarrollados... no permitió sino un aumento del producto bruto del siglo XIX de alre­dedor del 2% anual (en condiciones que desaparecieron casi to­talmente: simplicidad de las técnicas, escaso tamaño de las uni­dades de producción, existencia de un artesanado, capital por activo más importante en la agricultura que en la industria, ausencia de legislación social y de competencia internacional). Es un ritmo inferior al de la población del tercer mundo”.
   Por eso la protesta. Esa que interpretó Vivian Trías.