El latinoamericanismo de Carlos Quijano - exposición del Dr. José E. Díaz

El latinoamericanismo del Maestro Carlos Quijano es un eje fundamental de su riquísimo pensamiento y de su vasta acción pública. Como lo dijera otro Maestro y compañero íntimo suyo, Arturo Ardao, “constituye su más doctrinaria espina dorsal”.

Pero no fue puro pensamiento. Fue acción, militancia de toda su vida y su desvelo permanente.
En su latinoamericanismo, con denominaciones que tuvieron algunos ajustes, encontramos tres sólidas bases teóricas: democracia radical, de lo que hablará mi compañero de panel, nacionalismo antimperialista, “a fuer de anti-capitalista”, como decía Mariátegui y socialismo creador, desde el sur.
Pocos como Ardao han hablado con tanta propiedad sobre el latinoamericanismo de Quijano. Cuanto diga, estará basado en tan autorizada fuente. A manera de introducción, empecemos por el contexto de su vastísima obra.
“Su Obra-dice Ardao en su Prólogo al Volumen I de la Selección editada por nuestra Cámara de Diputados en la primer legislatura pos-dictadura, 1989-, excede con amplitud al conjunto, por si mismo amplísimo, de los escritos salidos de su pluma. Difícil resulta establecerla en todos sus aspectos. Fundación de instituciones culturales, con espíritu de milicia, en Montevideo, en Paris, en México (Centro Ariel, Montevideo, 1917, Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos, AGELA, París, 1925, Centro de Estudios Uruguay-América Latina, México,1979); organización y jefatura de una agrupación política (Agrupación Nacionalista Demócrata Social, Partido Nacional, 1928) y participación en organismos partidarios y movimientos de mayor latitud (el Frente Amplio, 1971, el último pero no el único); actuación parlamentaria (1929-1932); docencia de cátedra y formación de los primeros investigadores en ciencias económicas; delicadas misiones de contralor y fiscalización, o de representación en altos encuentros económicos internacionales, a los que fue llamado, una y otra vez, con carácter honorario, por gobiernos de los que era opositor; atención de los requerimientos que le impusiera, a lo largo de toda su vida pública, su condición -para propios y adversarios- de hombre de consulta, a los más exigentes niveles de estadista; fundación y dirección, en Montevideo y en México, de Bibliotecas (en el sentido de ediciones) de libros de significación política y cultural latinoamericanista; fundación y dirección de memorables órganos de prensa, así como una revista especializada de economía, con todo lo que esta labor-atrayendo, incitando, estimulando a tantos colaboradores …- sobrepasa la sola escritura personal”. (2)
Más que en libros de su autoría, “prodigó, en cambio, su fecundísima pluma en la prensa periódica”, con centenares de artículos y ensayos de envidiable escritura y perdurables contenidos.
Fue fundamentalmente prensa semanal la que fundó y dirigió (“Acción”, 1931-1939 y, la más importante, “Marcha”, 1939-1974, cerrada por la Dictadura cívico militar, sin olvidar sus “Cuadernos”, en sus dos épocas, la de Montevideo y la de México). Antes, había fundado y dirigido un “diario manchego”, al decir de Ardao: “El Nacional”, en 1930-1931. Y después, agreguemos, su también corta dirección de “La Tribuna Popular” de los Lapido, y la fundación, en 1961, hace exactamente 50 años, del diario “Época”, de la que fue su primer Director, otro diario “manchego”, plural y de izquierda, que conformara con sus compañeros de Marcha y un núcleo de socialistas e independientes, de corta pero fermental trayectoria en los comienzos de una etapa de crecientes turbulencias políticas, en nuestro país y la región.
Ardao habla con razón de dos etapas en la trayectoria latinoamericanista de Quijano: antes y después de 1930, siendo “El Nacional”, el parte aguas fundamental.
Antes, con menos de 30 años, en su primera y segunda juventud, fue líder estudiantil uruguayo y latinoamericano. Después de los 30, su largo magisterio hasta su muerte, en 1984, exiliado en México. Bien lo dijo Ángel Rama, en un artículo publicado en “El Nacional” de Caracas, 1976, bajo el título “Carlos Quijano, Maestro Americano”: “Tras los grandes maestros que en el primer tercio del siglo tuvo el Uruguay (José Enrique Rodó y Carlos Vaz Ferreira), fue Carlos Quijano quien orientó a la juventud, constituyéndose en el maestro de por lo menos dos generaciones”. Yo diría, para quizás ser más preciso, Maestro durante más de cincuenta años inolvidables, allí donde estuviere.
Esos dos Maestros de juventud, Rodó y Vaz Ferreira, nacidos tres décadas antes que Quijano, habían sido exponentes del llamado idealismo del 900. En 1978, en una entrevista que Cristina Pacheco le realizara en México, dijo sobre estos dos Maestros: “En la adolescencia José Enrique Rodó. Ariel fue nuestro libro de cabecera. Fundamos un Centro: el “Centro Ariel”. Hicimos una revista: “Ariel”. Primer pecado periodístico, allá por 1917, año de la muerte de Rodó. Otra influencia importante, ahora desvanecida, fue la de Carlos Vaz Ferreira, el ensayista de “Lógica viva”, “Los problemas de la libertad” y “Moral para intelectuales”. Antes, en 1919, el propio Quijano escribía: “Toda nuestra obra, si algo vale, viene directamente de las páginas del Maestro; toda nuestra vida de estudiantes, tiene … el sabor de la enseñanza de Ariel”. Su primera filiación filosófica, fue la del idealismo del ideal, idealismo de nota realista y realismo de nota idealista, que Ardao esclarece de esta manera: “idealismo axiológico de el ideal, filosofía de la acción como forma de llamamiento a la transformación de la realidad, natural y humana, para mejorarla y elevarla”. En su fermental y temprano artículo “La nueva generación” (El País, 1924), generación latinoamericana con la que se encuentra en París al año siguiente, Quijano enlaza su idealismo inicial con los tres ejes de su juvenil pensamiento: “Repudio del positivismo y orientación filosófica idealista y además socialismo exento de todo dogmatismo sectario, nacionalismo anti-armamentista, liberalismo democrático. Por último: hispanoamericanismo como postulado básico internacional, o como instrumento eficaz de redención social… Puede que todavía, alrededor de las tres ideas nucleares (nacionalismo, liberalismo y socialismo) no se hayan podido consolidar mucho los conceptos…es que una renovación ideológica de trascendencia se está produciendo y la nueva generación, colocada, por mandato del tiempo, en las izquierdas, está buscando superar el contenido, ya envejecido entre moldes rígidos, del marxismo y dotar, lo que es más importante, a América, de una ideología nueva, que no sufra la deprimente y extraña tutela europea”. En el recorrido que haremos de su largo magisterio latinoamericanista surgirán, una y otra vez, sus tres ideas nucleares: nacionalismo antimperialista, democracia y socialismo. Si radical fue su concepción de la democracia, también lo fue en las otras dos ideas nucleares. Ya lo veremos. Pero antes quiero seguirle en sus manifestaciones dispersas sobre el marxismo y su socialismo, a falta de un texto sistemático por mí conocido.
En “Marcha”, 1958, había escrito en plena madurez, un espléndido editorial con manifestaciones que siempre me rondaron en la cabeza. Decía Quijano: “…si alguna formación tenemos, ella no es otra que la marxista. A todo lo largo de nuestra vida, Marx nos ha ayudado a pensar. Nutrió en la época de las primeras y dilatadas lecturas, nuestra mocedad. Renán decía que el vino de las iglesias dejaba para siempre su aroma en el vaso. A Marx, una vez conocido, no se le puede olvidar. Marca e impregna. Volveremos siempre a él, para refutarlo, para contradecirlo, para negarlo; pero también para confirmarlo y confirmarnos”. Veinte años después, en el mencionado reportaje mexicano de 1978, le dijo a la periodista: “Personalmente mi encuentro con Marx fue en Europa hacia los años 24 o 25. Hace más de cincuenta años y aun no he terminado de leerlo o releerlo”. Y de esos cincuenta años, releyendo los trabajos de Quijano en estos días, muy parcialmente, encuentro otras sugerentes referencias suyas sobre socialismo y marxismo. En el acto de homenaje a Frugoni de febrero de 1971, dijo: “También podemos decir que el antimperialismo es el socialismo de los subdesarrollados. No habrá patria para nosotros, sin socialismo; pero tampoco habrá socialismo, en los tiempos que corren, sin patrias”. Y casi enseguida agrega: “Fecundo más que ninguno se ha revelado el método que Marx nos legó y nítido más que nunca se muestra ahora el objetivo. El capitalismo es una categoría histórica condenada. La ciudad futura, cuyas características aparecen todavía confusas, será socialista…”. Y ya refiriéndose elogiosamente al homenajeado dijo: “(Frugoni) Nos enseñó también que el marxismo –materialismo histórico y materialismo dialéctico– es el único humanismo fecundo y el más alto idealismo”. En su célebre y estupendo trabajo “Atados al mástil”, “Marcha”, 1964, año del 25º Aniversario de ésta, siempre en torno a sus ideas nucleares, escribió: “Si para hacer patria hay que luchar contra el imperialismo; también para hacerla, hay que luchar por el socialismo…El socialismo, hoy y aquí, es para nosotros un régimen de producción y un régimen de reparto. La planificación de la economía; la propiedad colectiva de los medios de producción; el cumplimiento implacable de la vieja fórmula: de cada cual según sus capacidades; a cada cual según su trabajo…El socialismo es un humanismo. No se trata de lograr mejor y mayor producción por el solo afán de la producción misma. El fin de la economía es el hombre. Su libertad, su dignidad, su poder creador…”. Al año siguiente, 1965, también en “Marcha”, escribió premonitoriamente: “El signo de nuestro tiempo es el vértigo. Un vértigo determinado por el vértigo de la revolución tecnológica”. Para agregar, en el renglón siguiente: “El marxismo no es un conjunto de fórmulas estereotipadas y con inmutable vigencia. El marxismo es sobre todo un método, o sea un camino para buscar la verdad. Las fórmulas pasan. El método siempre puede ser fecundo”.
Ahora, ubiquemos, siguiendo a Ardao, el latinoamericanismo de Quijano en el devenir histórico de estos ideales. Ardao niega que el de nuestros libertadores de comienzos del siglo XIX fuera verdaderamente latinoamericanismo en la acepción de fuerza enfrentada al expansionismo norteamericano, por más que Bolívar lo atisbara.
Para Ardao, “Fundador y apóstol del latinoamericanismo durante largas décadas, fue el colombiano José María Torres Caicedo (1830-1889), literato, político, economista, internacionalista de principal actuación en París”. Fue la reacción defensiva frente al anexionismo de EE.UU. de una parte de México en 1848 y aun antes y las depredaciones filibusteras de Walker en América Central, a mediados de la década del 50 del siglo XIX. Precisamente en 1856, Torres Caicedo escribe un poema: “Las dos Américas” en el que “el nombre de América Latina recibe consagración”, y, una década después en París aparece un libro de su autoría  “tan pionero desde su mismo título, Unión Latinoamericana” y crea, luego, una sociedad con este nombre. Ya en 1882, produce un adelantado ensayo contra el panamericanismo en ciernes, bajo el título de “La América Anglosajona y la América Latina”, afirmando que un congreso de las dos Américas en Washington “sería un error político y diplomático de los latinoamericanos”. Y antes de morir, deja escritas las siguientes palabras testamentarias: “Para mí, colombiano, que amo con entusiasmo mi noble patria, existe una patria más grande: la América Latina”.(3)
Con la muerte de Torres Caicedo termina la etapa fundacional del latinoamericanismo.
 
Antes, había resonado el pensamiento y la acción latinoamericanista de Martí que dijo en 1883: “Todo nuestro anhelo está en poner alma a alma y mano a mano los pueblos de nuestra América Latina”.
Para Ardao la “segunda etapa –1900-1925– resultó ser una segunda forma histórica del latinoamericanismo”, signado su comienzo por la aparición del “Ariel” de Rodó en 1900, “mensaje latinoamericanista directamente motivado por los acontecimientos de 1898” (la conmovedora guerra hispano-norteamericana); y su fin, por “la fundación por José Ingenieros de una Sociedad pro ‘Unión Latinoamericana’ en 1925, comienzo y fin de diáfana hechura rioplatense.
Como bien consigna Ardao, este latinoamericanismo tiene un indubitable “carácter de resistencia a la específica ofensiva de Estados Unidos”, a diferencia del americanismo libertador de la primera independencia. Pero que adquiere connotaciones firmes de antiimperialismo, “en su significado propio, es decir, conforme al contemporáneo vocabulario de cuño económico…”, expansión del capital, fase del capitalismo más tarde. Incluso Ingenieros nos habla de la “ambición del capitalismo imperialista”.
 
Como surge de lo ya dicho, esta segunda etapa del latinoamericanismo se inició en 1900, fecha del nacimiento de Quijano y terminó en 1925, cuando abre su accionar y el de su generación latinoamericana, con la fundación augural de AGELA, aunque antes, como ya hemos dicho, también, había fundado el Centro Ariel y la revista del mismo nombre, incorporando a su inicial latinoamericanismo arielano el fuerte impulso cultural del la Reforma Universitaria y su Manifiesto cordobés de 1918.
Con la fundación parisina de AGELA comienza, según Ardao, la tercera etapa del latinoamericanismo, la que lideró precisamente Carlos Quijano y que el mismo fue enriqueciendo y ajustando, a lo largo de su extensa trayectoria.
También parisina fue su conferencia, en 1928, antes de retornar, de apoyo a México, nuevamente amenazado por EE.UU., junto, entre otros, a Miguel de Unamuno, José Ingenieros, Eduardo Ortega y Gasset, Manuel Ugarte y Victor Raúl Haya de la Torre. Allí explica el sentido del latinoamericanismo que encabezaba: “Hemos creado para defendernos, el latinoamericanismo. Pero ¿qué es el latinoamericanismo?”. Y luego de algunas precisiones circunstanciales de espacio y tiempo, dijo: “Hay que hacer del latinoamericanismo, un sistema y una doctrina económica; o mejor dicho, una forma o aplicación de una doctrina que nos permita estudiar y resolver con espíritu científico, los problemas particulares y los que son generales al Continente. El imperialismo yanqui es una cuestión económica, un sistema económico; el latinoamericanismo debe serlo también, pero un sistema opuesto al yanqui…En el pueblo está nuestra salud y es un deber colaborar a su redención. Ese es el único patriotismo verdadero, patriotismo continental que rebasa los límites de la patria chica… Orientación económica anticapitalista; patriotismo continental, he ahí nuestras palabras de orden”.
Enseguida de retornar, en 1928, funda con otros compañeros la Agrupación Nacionalista Demócrata Social. Y de su Declaración constitutiva, extraemos estas aleccionadoras definiciones antiimperialistas: “Un grave peligro amenaza a estas repúblicas del Nuevo Mundo. El capitalismo moderno se ha hecho netamente imperialista. No es el suyo un imperialismo idéntico al antiguo, conquistador de tierras simplemente, sino un imperialismo económico que deja a los pueblos más débiles una apariencia de libertad y de gobierno propio, y los va vaciando de sus riquezas para provecho de una oligarquía de grandes financieros internacionales”…
“Ningún capitalismo más imperialista en la actualidad que el de Estados Unidos. Es además, por razones geográficas, el único que verdaderamente hoy hace peligrar la independencia de estos pueblos de América Latina. Más que peligrar: una gran parte de nuestro continente está en sus manos…El imperialismo es un fenómeno mundial; pero empieza por ser para nosotros, un fenómeno especialmente continental. En la batalla que contra él debemos librar tenemos que solidarizarnos con todos los pueblos de la tierra que sufren idéntico mal, y en primer término unirnos a aquellos que deben combatir al mismo enemigo dentro de nuestra tierra”.
Sin perder este hilo conductor de su latinoamericanismo de la madurez -1930-1974-, sus definiciones concretas, siempre brillantes, dieron cuenta del incesante devenir continental e internacional desde las columnas de “Marcha”.
 
Así, más de diez años después de la Declaración fundadora de su Agrupación, en 1940, al año de iniciada la 2ª Guerra Mundial, escribió en “Marcha”, bajo el contundente título “Panamericanismo no; acuerdos regionales si”: “Tres son las políticas que se nos ofrecen en América: el panamericanismo, el latinoamericanismo, los acuerdos regionales. Con más o menos exactitud, hasta se podría personalizarlas: Monroe, Bolívar y Artigas. Por supuesto, que estas tres políticas no tienen porqué ser siempre excluyentes. Practicando una de ellas, se puede intentar otra. De esas tres políticas, una -el panamericanismo- es, quiérase o no, el vasallaje. Otra, la segunda, es hoy utopía solo capaz de inflar las bombas de estruendo de cierta oratoria inofensiva. La única viable y realista es la última”. Y explica la contemporánea utopía de la unión latinoamericana, en la falta de vinculación prevaleciente entre nuestros países. Pero no la descarta como fórmula “tal vez del porvenir”, al punto que, en años posteriores sigue inspirando su militancia latinoamericanista.
Siguiendo desde “Marcha”, siempre muy atento, los procesos de integración regionales, tanto en Europa como en América, Quijano hacia fines de los 50, sin seguidismo, distingue el paso dado en la primera hacia el Mercado Común y los límites de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, ALALC, regionalismo que concibe como “una etapa inicial –dice- en el largo y difícil viaje y no un punto de llegada”.
En 1962, en un extenso trabajo de balance sobre el arduo proceso de integración titulado: “Esta América que no es nuestra”, escribió: “Se dirá entonces, que debemos dejar para el futuro la realización del mercado común, un futuro que se iniciará cuando el proceso de socialización de cada país esté cumplido. ¿Por qué? No creemos, repetimos, que el mercado común tenga viabilidad y cumpla sus reales funciones, sino cuando la transformación sustancial de nuestras economías se haya realizado; pero nada impide que al mismo tiempo se sigan los dos objetivos: la socialización en lo interno, el mercado común en el ámbito regional o continental. Uno y otro proceso, una y otra batalla, pueden y deben complementarse, estar indisolublemente unidos… Y así esta América empezará a ser nuestra.”
En 1965, en su editorial sobre “ALALC y la unidad latinoamericana”, reafirma su latinoamericanismo: “Toda América Latina desunida, poco contará. Uruguay aislado, nada significa y dentro de una organización común, puede verse expuesto a perder lo poco que le es propio. No habrá, pensamos, América una, sin patrias diversas… Como latinoamericanos, nuestro deber es impulsar la unión. Como orientales, nuestro deber es mantener la individualidad… Con rumbo único, fortificar nuestras patrias, confederarlas, lograr nuestra liberación”.
Y otra vez, al año siguiente, en 1966, bajo el título de “La verdadera integración”, en Marcha escribió: “La integración de los desarrollista no es la nuestra… América, nuestra América, realizará su integración al margen de las formas capitalistas y en lucha con ellas. Y tendrá que crear, sobre bases socialistas, sus propias estructuras. La integración será antiimperialista, y si no, no será”.
Diez años después, ya en el exilio, en 1976, escribió en “Excelsior”, México, bajo el título de “Una nación de repúblicas. El SELA, punto de partida”, estas removedoras palabras, con las que queremos terminar:
Las empezaba, citando a Bolívar en su célebre mensaje a O’Higgins: “…todavía nos falta -había dicho el Libertador- poner el fundamento del pacto social que debe formar en este mundo una nación de Repúblicas”, para escribir enseguida: “Ora nostalgia, ora utopía, ora convicción, la patria grande ha tenido una conmovedora tenacidad. Nadie ha podido borrarla de nuestra América. Ha sido nuestro perdido bien y es nuestra tierra prometida”. Y sigue siéndolo. Muchas gracias.
 
Montevideo, 20 de setiembre de 2011
 

(1) Exposición del Dr. José E. Díaz en el comienzo del “Ciclo Especial” sobre: “Carlos Quijano, formador de generaciones”, dentro del Programa “Los pensadores de la izquierda uruguaya en el siglo XX”, de la FUNDACION VIVIAN TRIAS. Las palabras en negrita son subrayados del expositor.

(2) Los tres primeros paréntesis de esta cita del Prólogo de Ardao son del expositor.

(3) Ardao, Prólogo citado.