Eduardo Galeano en la Academia Nacional de Letras

El pasado 1 de junio del corriente año, la Academia Nacional de Letras de Uruguay distinguió a uno de nuestros socios fundadores, el escritor Eduardo Galeano, con el Premio Día del Libro. Una distinción honorífica que todos los años entrega la academia a una personalidad vinculada al mundo del libro. El premio consiste en una placa artística, en bronce, del artista plástico Gustavo Serra.

El acto tuvo lugar en la Sala Julio Castro de la Biblioteca Nacional de Montevideo. El Prof. Ricardo Pallares fue el encargado de decir el discurso de elogio del premiado. Es el que aquí se reproduce:

 

 

Señoras, señores, amigos todos: hoy es un día especialmente esperado y de enorme satisfacción por la intrínseca justicia del premio que se otorga.

Podemos decir que al fin llega el momento de esta ceremonia, después de que Eduardo Galeano aceptara recibir el premio, a finales del pasado mes de abril, durante un encuentro casual, a las puertas de la sede académica, casi en la esquina de las calles Ituzaingó y Reconquista.
Las circunstancias de un viaje suyo y de otro mío después, nos trajeron hasta este 21 de junio. Durante aquel encuentro pidió que la premiación no se fundara en la condición de “cronista de la cultura latinoamericana”, tal como lo habíamos propuesto, sino más bien en la de explorador de dicha cultura, expresión que, en nuestra opinión, siendo aún más discreta califica grandemente al destinatario.
Antes de proseguir con esta intervención leeré a modo de ejemplo un texto del autor. Aunque elegir uno solo en su vasta obra (como ocurre en las obras numerosas) es tan arbitrario como interpretar o atribuir un sentido. No obstante lo justifico porque de todos modos un creador está en cualquier fragmento que le pertenezca.
Fue releyendo y revisitando sus libros que me detuve en “Tierra y siempre” de Memoria del Fuego (II). Las caras y las máscaras. (Ediciones del Chanchito, Montevideo, 1987). La fecha de referencia es el año 1800 y Uruana (una isla del Orinoco, Venezuela) el lugar de ocurrencia del asunto. Dice:

Frente a la isla de Uruana, Humboldt conoce a los indios que comen tierra.
Todos los años se alza el Orinoco, “el Padre de los ríos”, y durante dos o tres meses inunda sus orillas. Mientras dura la creciente, los otomacos comen suave arcilla, apenas endurecida al fuego, y de eso viven. Es tierra pura, comprueba Humboldt, no mezclada con harina de maíz ni aceite de tortuga ni grasa de cocodrilo.
Así viajan por la vida hacia la muerte estos “indios andantes”, barro que anda hacia el barro, barro erguido, comiendo la tierra que los comerá.

Este texto intenso y breve, con apariencia sencilla como tantos otros, tiene una notoria riqueza y movilización expresiva. No solo porque remite al pasado sino además por el viaje como tópico del vivir, aquí en versión acotada, y porque suscita paradojales asociaciones bíblicas y esboza una animación legendaria del Orinoco.
Lo dramático supera a lo pintoresco para y por dar cuenta de las condiciones de pobreza extrema, como se las alude a través de la enumeración de ingredientes que faltan. Luego lo dramático también se supera con la restricción momentánea del punto de vista (“Es tierra pura, comprueba Humboldt, no mezclada”[...]). Asimismo el remate conclusivo con la inversión final y el juego de tiempos verbales, tienen un efecto intensificador pues los indígenas van “comiendo la tierra que los comerá”.
El eje figural del texto está en la contigüidad y el desplazamiento, se sitúa en la cadena horizontal de los significantes, no en la vertical de las metáforas, que tienen diferente potencial creador. Este rasgo, presente en toda la obra del escritor homenajeado, obedece a la proximidad autoral con el lector ya que la metonimia es una figura que, por vecindad de los significados, se alía rápidamente con el entendimiento y la intuición. Según nuestro modo de ver este rasgo sustantivo de la escritura del autor es claro indicador de la ética en su actitud de explorador-cronista y comunicador.
El texto comentado deja lugar todavía para una pincelada -a modo de insinuada silueta moral- acerca de los “indios andantes”, pues dice que los otomacos son “barro que anda hacia el barro, barro erguido”, con lo cual se señala al paso el color de su piel.
Si todos los años se alza el Orinoco, los otomanos también lo hacen sobre sus desventajas.

EG explorador y cronista de nuestra cultura da cuenta a través de más de cuarenta libros, de la vida compleja, sufrida y diversa de nuestro continente. El continente de los dos océanos y de los muchos mares, el que es verde y frutal, ocre y desértico o cordillerano, lacustre y selvático, el de las cien culturas, el que habla en español y en sus lenguas nativas, el que construye futuro como el mejor, aunque lo hace en medio de grandes dificultades estructurales e históricas.
Importa destacar que EG en su obra numerosa se apega a las raíces y a la lengua española y a sus variantes americanas.
En verdad, desde esta variante referida, plural y americana, se fecunda la lengua que en su origen fue solo peninsular. Y se fecunda con un amor a veces desamorado que lleva ya más de 500 años al término de los cuales, la lengua en la que hablamos, es una en la diversidad y pronto será la segunda más hablada en el mundo.
De manera pues que la prosa de EG fundamenta, construye y expande al español no solo por el esmero con el que lo usa sino además por sus registros y riquezas, por su aproximación a las formas del habla, dado el imperativo comunicacional que exhibe y el afán por llegar a los más en un continente que aun lucha contra el analfabetismo.
EG explora la cultura latinoamericana valiéndose de la escritura con la cual conserva, fija y ahonda su caudal a la manera de la deriva de nuestros grandes ríos y sus recursividades. Pero si explora, mira y registra, es porque interpreta y protocoliza. Lo hace con estatuto narrativo y así también demarca la cultura con su selección, la participa y consolida. En sus textos hace evidentes los territorios y sus cartografías en tanto que expresiones de geografía humana y sitios primeros donde se escribió y se seguirá escribiendo la historia inacabable de los pueblos y de lo que les pertenece.
La ficcionalidad de esta prosa es propia de toda producción literaria. No obstante, su apego a lo verificable confirma que en los mencionados lugares radican las identidades y las fuerzas morales que construyen colectivamente con valores y memoria.
Quien recorre, conoce, escucha, registra, testimonia y documenta, en el fondo vive. Por esta razón su escritura re-vive y lo hace con apreciable autenticidad, con escasa transformación o artilugio literario. Así, la prosa de sus libros da lugar a través de pequeños textos a una suerte de epopeya progresiva, con cierto minimalismo, en la que anida y alienta lo trascendente y lo grande como manifestación de lo sencillamente humano y cotidiano.
EG escribe, y habla en su escritura. Dice a lo latinoamericano como escenario de luchas, postergaciones, carencias y desvíos pero también de sentimientos, ideas y certidumbres. A veces asume cierta visión desde la cual América Latina fue o es la pecadora; lo hace porque siempre habla de su redención y de las marcas distintivas de sus otros lenguajes, etnias y singularidades que no obstante estar silenciados pujan por continuar.
Si su escritura es la de un explorador o la de un cronista, en tanto que registro, igual procede a una recreación que reduce al mínimo la imaginación. Es así por imperativo ético de la función comunicativa y porque no quiere desnaturalizar los contenidos que siempre son caracterizadores y explican las idiosincrasias.
No se nos escapa que el discurso de EG apuesta a una comunicación con propósitos re-fundadores, reinstaladores de la comunidad. El procedimiento consagra primero la projimidad con el lector. Es un rasgo que está presente en toda su obra, la atraviesa como un aire fresco en el que se celebra la libertad, la ocurrencia, la memoria, la superación del dolor, la heroicidad y la terca esperanza.
Así es que todo cuanto somos y deseamos ser alienta en su obra como un fervor entusiasta, como una ternura o actitud amorosa que nos legitima y obliga a estar en nosotros mismos plenamente.

En otro plano se puede decir que no hay una verdadera literatura sin un movimiento de ida que está en el texto y otro de vuelta que está en el sentido y la interpretación del lector. La literatura se instala precisamente en esa especie de comunidad sin cohabitantes.
Ahora bien, en la obra del autor que hoy premiamos esa ida y vuelta es una verdadera necesidad ya que los silencios o elipsis, los desplazamientos de los significantes, las sugerencias o reticencias del sentido exigen que tengamos cosas en común para que se dé la interlocución y luego la comprensión.
Estas son las condiciones generales apreciables en su obra que generan el salto de chispa que enciende al sentido como acción de la significación responsable y vivencial, la que mancomuna, para lo cual además cuestiona las hegemonías en procura del sujeto más allá del objeto.
Por tanto los procedimientos literarios en la prosa de EG están al servicio de sus fines y expresan congruencia y autenticidad. Congruencia con los postulados, autenticidad como manera de asumir el oficio de la escritura.
Hace un momento hablamos de la ética en su literatura y de la reinstalación de lo que mancomuna. Por este motivo es que -como ya se dijo- hay un escaso vuelo fantasioso y una permanente aproximación a las formas y giros del habla.
Como consecuencia de lo apuntado se destacan los contrastes, el simbolismo irónico o inocente, la ironía, frecuente como látigo que sacude y desafía al entendimiento. Se destacan la paradoja que exige a la intelección y que por ello es un antecedente de la metáfora epistemológica, constructora de conocimiento. También son frecuentes los paralelismos, el oxímoron o desavenencia opositora entre el sentido de dos palabras o elementos, la descripción y las especificidades del retrato, estampa y silueta, los pequeños catálogos, la enumeración heterogénea, la inversión o conmutación, el final conclusivo y enfático, a veces reticente.
Como se ve, su prosa -no obstante tener sencillez sintáctica y léxica- es cuidada y resultado de una ardua elaboración y corrección sin las cuales no sería posible. En cuanto a los contenidos, lejos de quedarse en la impugnación, da curso a varias formas de la ternura solidaria y comprensiva de lo primordial, de la inocencia de los pueblos y sus gestos, de sus dioses y costumbres, de sus leyendas y sus mitos, de los modos y maneras de vivir, de amar y sucumbir.

EG se ha hecho acreedor de esta distinción por sus más de cuarenta obras y las varias ediciones de algunas de ellas, por las redes espirituales a las que han dado lugar, porque su prosa se sitúa en la construcción social y colectiva de Iberoamérica.
EG se ha hecho acreedor de este premio de la ANL, por derechos emergentes de su conducta y de su obra. Porque con su escritura y desde ella vela por la esperanza de los justos.

Ricardo Pallares